sábado, 8 de octubre de 2016

Presentación del libro de Carlos Casanova, "Estética y producción en Karl Marx" (Ediciones Metales Pesados, Santiago, 2016).



TEXTO DE PRESENTACIÓN DEL LIBRO
(Galería Metales Pesados / Santiago, jueves 6 de Octubre de 2016)


CARLOS CASANOVA

ESTÉTICA Y PRODUCCIÓN EN KARL MARX.

EDICIONES METALES PESADOS, 2016.
118 PÁGINAS
ISBN 978-956-8415-983

POR GONZALO DÍAZ LETELIER


Uno de los filósofos más celebres del viejo canon literario de la filosofía primera es Kant. Según el filósofo alemán, la vida volitiva finita puede orientarse infinitamente hacia la “virtud”, es decir, hacia su posibilidad más alta, aquella que se expresa en la “ley moral pura”: la hūmānitās es aquí el logro de un animal racional que desde su finitud se aproxima infinitamente a una determinada idealidad práctica “prototípica”, esto es, la “santidad”. En efecto, la persōna en el pensamiento de Kant es el “sujeto moral” de la razón práctica, y lo es a condición de postulado a partir de la idea regulativa de “alma” de la razón pura. .[1] En cualquier caso, tal idealidad santa que regula a la hūmānitās como tal, según la formulación de Kant, opera sobre la base de una vida finita, imperfecta y plástica, que puede modelarse según ella, o puede no hacerlo. Y es esta plasticidad de la orientación volitiva del poder/posibilidad de la vida del hombre (homo) el motivo en el que insistía Nietzsche, cuando refería al carácter siempre inacabado de la forma humana. En un conocido pasaje de su libro más oracular, Nietzsche señalaba que el hombre es “una cuerda tendida sobre un abismo”, un “tránsito”, un “ocaso”.[2] En el léxico de Nietzsche, el hombre es un ser inacabado, sin determinación ontológica definitiva, siempre por hacerse en una nueva figura. Este carácter siempre inacabado de la forma humana hace posible al hombre su devenir creador, pero también su estatuto de cría en relación con la política –estatuto ya definido por Platón con su concepción “pastoral” de la política.[3]  

            En su libro «Estética y producción en Karl Marx», el filósofo Carlos Casanova pone en juego el intento de pensar este devenir de lo humano en una cierta clave, la del comunismo. El comunismo como clave de pensabilidad apunta al intento de praxis teórica en común que se la juega en cada caso por desactivar la comprensión ontoteológica de lo político que articula fantasmáticamente el ejercicio de la política como dispositivo soberano-gubernamental jurídico-policial y sacrificial, en sentido capitalista. Casanova apunta a pensar el devenir de lo humano sin metafísica del sujeto y de la presencia –es decir, ateológica y anárquicamente–, como potencia común, solidaria e inapropiable de uso de los cuerpos y de la imaginación, pensando aquí en juego con un Marx impropio, abierto a las intensidades de una línea de fuerza spinoziana, o averroísta, si se quiere. Se trataría así de la suscitación de un Marx posible, de una clave de pensabilidad para poner en juego la vida en común y resistir en medio de la catástrofe de la constelación histórica que nos toca. Un Marx posible, pensable, hasta hace algunos años impensado; pero por ello mismo se trata de un Marx hereje para las doctrinas ortodoxas que lo han objetivado y dispuesto “a la mano” en un uso consagrado, como manual para “el gobierno de la revolución”.   

            Tal como se deja sentir con mucha fuerza en los trabajos de Willy Thayer, Rodrigo Karmy, Sergio Villalobos-Ruminott y muchos otros amigos y amigas por aquí o en otros países, en el de Carlos Casanova alienta también una urgente y decisiva interrogación ontológica por el vínculo entre vida y forma, una pregunta por la íntima relación entre imaginación e imagen, imaginación y violencia, enfocándose en la configuración de esa curva monstruosa que va desde la potencia común de lo viviente hasta la potestad soberana y gubernamental que, en su hipérbole nihilista, captura a la vida en una ecología sacrificial. Y en cuanto a la artesanía escritural del pensar, Casanova elabora esta pregunta, esta inquietud de la vida por su relación con la potencia y la forma, con la maestría en la urdimbre de un gran “tejedor” (texere, textum: tejer, tejido).

Si se me urge a esbozar una trama posible de lectura de este “tejido”, yo me figuraría y mostraría así la complexión de su “punto”: tramar los hilos del pensamiento en un intento de pensar con Marx –en “clave estética”– el vínculo entre vida, poder y forma. En este caso, Casanova invita a pensar lo que Marx llama “vida genérica” (potencia común, diríamos en la fórmula de Spinoza) a partir del fenómeno del devenir de la vida como tecnología o “tecnicidad originaria” (lo que en una línea que va de Heidegger a Stiegler, Derrida, Deleuze, Guattari o Foucault nos remite a la dimensión “protésica” y antropogenética de la técnica como modo de ser originario del viviente). Esta plasticidad tecnológica de la potencia de lo viviente, en su devenir, puede ser capturada, apropiada y formada por el dispositivo soberano-gubernamental (del capitalismo y su filosofía de la historia, con sus rendimientos de dominación molar y sujeción molecular); pero en el seno del dispositivo late o se desata siempre la intensidad emancipatoria de una vida ingobernable, de una vida desobediente que se resiste a dejar de ser potencia común –lo que nos señala al “comunismo” como vida común no interdicta por la fantasmagoría principial de la propiedad: comunidad inesencial de la diferencia, proliferación de vida pagana sin patrón de acumulación sacrificial, en el devenir de una historicidad radical y heterocrónica.



Casanova nos hace señales hacia una vida que, al pensarse y agenciarse en el mundo con los otros y otras, no se somete ni reduce categorialmente a la articulación teleológica del paso de la potencia al acto realizado en una forma plena y eminente, como presencia ontoteológicamente consagrada (opus Dei) y naturalizada en el funcionamiento del dispositivo que define las relaciones sociales y las formas de subjetivación que ello conlleva. El hombre no tiene una “esencia” o “naturaleza” propia que poner en obra, sino una potencia técnica originaria y común de poner en juego el uso del cuerpo y la imaginación –la técnica como potencia antropogenética y cosmogenética histórica, inmanente y común, más allá de sus tradicionales, usuales y corrientes interpretaciones “antropológicas” (la técnica objetivada en las máquinas y artefactos ‘ahí delante’) e “instrumentales” (racionalidad dispositiva total de lo ente como objeto de representación científica y recurso de explotación técnica, junto con la correlativa automatización alienante del mundo de la vida como “sistema” técnico al que el hombre se sujeta sirviendo y por el que el hombre es al mismo tiempo producido como sujeto).[4]

De modo que la emancipación pensable desde aquí apunta a la apertura de lo común desactivando su privatización, esa capacidad creadora de la vida que yace colonizada y cautiva, privatizada o “clausurada” en un modo de producción donde la sociedad deviene mercado y donde la vida se reconoce en una forma de comunidad cerrada identitariamente, comunidad civilizacional, comunidad nacional, comunidad racializada, clasista y sexualizada –todas ellas formas de “propiedad privada”. En otras palabras, todas ellas formas de comunidad substancializada, atravesada en su carne por los espectros lógicos e imaginarios que articulan la gramática identitaria del racismo, el machismo, el clasismo y la xenofobia, por de pronto arraigados en la historicidad imperial-colonial y estatal-nacional de esta parte del cono sur. Lo común señala así hacia una lógica de la diferencia, lógica que interrumpe y desbarata a la lógica del gobierno económico-político sacrificial de la vida. En ello se juega algo importante, una crítica radical de la “propiedad privada” (Privateigentums) en el sentido más esencial pensado por Marx, si se me permite decirlo así con todas las precauciones.

 En consecuencia, en el pensamiento de Casanova se puede hallar una interpretación de lo viviente en relación con su potencia común, cuyo índice es:

(…) el acto de transformación de formas siempre en devenir; un acto desde siempre habitado por la posibilidad de su dislocación, de su interrupción como presencia, por la originaria imposibilidad de ser clausurado como forma.[5]

Esta vida se juega en una comunidad vivida como “asociación no anudada por un sentido dado”[6] ni subjetivamente autoclausurada, en la que se despliega la potencia común de pensar, desear y actuar, abiertos a la singularidad/pluralidad de la común diferencia con lo otro, a la colaboración solidaria con los otros, y no apropiando ni limitando la potencia del otro –aquí resuenan, claro está, las nociones de intelecto general (Averroes, Spinoza, Marx) y de potencia profana del uso común de la carne y de su reverberancia imaginante (Agamben). Todo esto lleva implícita la crítica de la matriz ontoteológica del patrón de acumulación político (autoridad, representación, ley) y económico (régimen de producción capitalista y estético-moral), que opera metafísicamente la apropiación de lo inapropiable de la vida. Cuando lo inapropiable de la vida es apropiado, la vida deviene “alienada” en su forma de vida, tanto en el ejercicio maquínico o disciplinario de su potencia productiva, como en la expropiación y fetichización equivalenciada de sus producciones.



En el horizonte de una crítica radical de la matriz ontoteológica de la propiedad privada como patrón de acumulación sacrificial –en sentido político y económico, y por tanto estético y moral–, y teniendo en cuenta la consideración esencialmente clave sobre la tecnicidad originaria de la vida, me parece que el libro de Casanova nos pone frente a la posibilidad de lo que él llama un “humanismo del hombre sin obra”, donde el comunismo señala hacia el devenir metamórfico de la vida pagana, hacia la plasticidad y anarquía de la vida común, vida potencial no subrogada a la facticidad del dispositivo como ensamble hegemónico de discursos con función veridictiva e instituciones como espacios de producción y reproducción de relaciones asimétricas de poder. Ni amo ni esclavo, ni humano ni animal. La emancipación política y económica es así una emancipación estética, pues se trata ante todo de liberar la relación ateológica y anárquica entre vida y forma, destruyendo la comprensión sacrificial de lo político en su sentido greco-cristiano. El texto de Casanova nos inclina así, en su desviación, a partir del encuentro con Marx, hacia un “humanismo desobrado” que interrumpe la lógica de la fractura biopolítica que traza la cesura entre la proyección, promoción y protección de una forma de vida ascendente y la producción de una vida despreciable, explotable y sacrificable. Desde esta crítica radical al “principio de propiedad” que articula la proyección de una vida ascendente propiamente tal –y que articula asimismo a su reverso sacrificial, producto de las lógicas de clasificación (identidad) y jerarquización (dominación)–, resulta interesante la lectura –desde ciertas indicaciones de Marx– del concepto de proletariado como “clase no clase”: frente a la identidad fuerte de la clase dominante como “sujeto” político y empresarial (identidad articulada desde la apropiación de su ser en la forma “personal”), el proletariado como clase no clase se refiere a la multitud heterogénea de la vida que se escapa del dispositivo ontoteológico (es decir, capitalista, clasista, racista, machista, etc.), luchando solidariamente por la emancipación de su potencia productiva, ya sea en sentido político (democracia radical), ya sea en sentido económico (no maquinación, no explotación), ya sea en sentido social (no clasificación, no jerarquización), y, a nivel molecular (Deleuze), diríamos que en un sentido estético-existencial –forma de vida que habita la diferencia singular/plural del común impropio, no expropiada ni apropiadora, sin esencia, sin trascendencia, detonando el “estallido de las formas de ser”, esa stasis que no deja de latir o desatarse, a diferentes intensidades, en el corazón de las máquinas de captura de la vida.



[1] Kant, Immanuel, «Kritik der praktischen Vernunft», Reclam Verlag, Stuttgart, 11961, p. 153.
[2] Nietzsche, Friedrich, «Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie», traducción del alemán al español por Andrés Sánchez Pascual, Editorial Alianza, Madrid, 242000, p. 38.  
[3] Sloterdijk, Peter, «Normas para el parque humano. Una respuesta a la ‘Carta sobre el humanismo’ de Heidegger», traducción del alemán al español por Teresa Rocha, Ediciones Siruela, Madrid, 42006, p. 60 y ss.
[4] Casanova, Carlos, «Estética y producción en Karl Marx», Ediciones Metales Pesados, Santiago, 12016, pp. 86 y 97.
[5] Ibídem, p. 10.  
[6] Ibídem, p. 12.